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Desde la expulsión del Jardín del Edén, al hombre le ha obsesionado la idea de encontrar la Fuente de la Juventud. A través de los siglos, la gama de elíxires, hechizos, dietas y ejercicios ha seguido su curso, sin ningún beneficio. Finalmente, la búsqueda ha sido en vano.

No obstante, generaciones subsiguientes de personas mayores de cincuenta años han heredado esta magnífica obsesión. Pocos de nosotros podemos o vamos a rechazar las promesas de longevidad; todavía, no debemos idealizar las realidades de una vida alargada artificialmente.

Peregrinos, estén alertas. Este milenio es testigo de la unión de la medicina y la tecnología, y está dando fruto. Hoy, la vida se alarga rutinariamente por medio de intervenciones médicas -- intervenciones que no ayudan a recobrar la juventud perdida sino que sirven para prolongar la decrepitud.

Aquéllos que se precipiten para participar en este mundo feliz estarán destinados a una vida de dependencia, si no de su familia, entonces de la sociedad. Para aquéllos que se hayan precipitado, amanecerá demasiado tarde. La ciencia fue responsable de la cantidad, y el paciente es responsable de la calidad.

Si vamos a ser los héroes de nuestra propia vida, debemos actuar en salud para conservarla. La corta etapa entre los cincuenta y los sesenta y cinco años es para muchos la última oportunidad de autodeterminarse y de prepararse para las declinaciones inevitables de la vejez.

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